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<  Yaoi Submarino   ~  Cartas al psiquiatra -Nueva version- KanonXSorrento [NC-17]

selene18_Zuster
Publicado: Sab Ago 11, 2007 5:57 pm Responder citando
Seiya Adicto Seiya Adicto
Registrado: 30 Jun 2007 Mensajes: 61

¡Buenas, buenas, señoras y señores!

Algunas veces cuando se es fanficker, no hay nada mejor que retomar viejas historias, leerlas y reírse de los tiempos de cuando uno las escribió -sobretodo si luego fueron historias que de alguna manera dejaron huella en tus lectores- así que, decidí volver a tomar “Cartas al psiquiatra”, mi primera historia sadomaso de KanonXSorrento, y “revisitarla” ahora con los nuevos conocimientos adquiridos hasta el momento -que fueron muchos, por cierto-.

Y aquí estoy pues, trayéndoles una nueva versión de mi primer fanfic con KanonXSorrento “Cartas al psiquiatra”, ahora embebida con mucho más limón y sadomasoquismo. Así mismo, mis queridos lectores, podrán encontrar una moraleja escondida en la historia… bueno, no tan moraleja, ya que es más una pequeña “crítica” encubierta hacia todos aquellos que proyectan una imagen de rectitud cuando en realidad resultan ser más retorcidos que aquellos que lo admiten abiertamente. Sé que vosotros sois astutos y descubrirán la moraleja a medida que lean :)

Adjunto las siguientes advertencias para ahorrarnos disgustos innecesarios… léanlas porque luego NO acepto reclamos ni llantenes:

1– El elenco de esta historia pertenece a esa genial serie llamada Saint Seiya, de Masami Kurumada. Solo los tomé prestados para fines perversos, jejejeje.

2– Esta historia contiene Yaoi. Si, Yaoi, llámese dos hombres guapos de animé danzando horizontalmente en una cama. Si no les gusta ¡NO LEAN!

3– Limón sumamente explícito y con lujo de detalles. Si no les gusta ¡NO LEAN!

4– Fantasías, masturbación y parafilias varias: fisting -penetración anal con el puño-, sadomasoquismo, tortura eléctrica y rutina de amo/esclavo. Si no les gusta… ¡NO LEAN!

5– Críticas... Hechas de buena manera, y constructivas. Críticas hechas de mala manera (Llámese con groserías) así como con pequeños dejos de “superioridad”, serán desechadas, por muy certeras que hayan sido. No tengo paciencia con los sabelotodos que vienen a criticar a los demás con aires de superioridad y condescendencia, como si lo supieran todo. Es muy desagradable. Así mismo, rectifico además que cualquier crítica que implique un juicio directo o indirecto contra la mentalidad, orientación o lo que sea de la autora, en el mejor de los casos, será ignorada y en el peor de ellos, burlada con todo mi sarcasmo.

Bueno, mis queridos lectores, aquellos que disfrutaron la primera versión de “Cartas al psiquiatra” seguramente disfrutarán esta por igual, y aquellos que todavía no me han leído, bueno, igual van mis mejores deseos de que disfruten.

Atentamente,

Selene18-


<p align="center">Cartas al psiquiatra

(Nueva versión)
</p>

Pilar del Atlántico Sur
9 PM
31 de agosto del 2006


Era una noche cualquiera en el templo marino de Poseidón. Aunque el “cielo” de dicho lugar no reflejase un cambio físico evidente que anunciara la llegada de la noche, la temperatura así lo hacía: se tornaba más fría de lo habitual, y el aire parecía tan denso y proclive de un momento a otro a convertirse en una densa neblina capaz de ser cortada con un cuchillo.

Sin embargo, esa noche que podía ser cualquiera para otros, no lo era para una de las marinas de Poseidón: Sorrento de Sirena.

Era un jovencito que no pasaba de los dieciocho años; su rostro aniñado así lo reflejaba, aunque debido al entrenamiento como marina haya madurado un poco más del cuello para abajo. Tenía los ojos grandes, como enormes fresones que se movían ágilmente de un lado a otro, dando la impresión de no perderse ni un solo detalle -al menos visualmente-, y todo coronado con un cabello del color lila, como la más hermosa de las orquídeas. Sin embargo, a pesar de contar con semejante físico que pudiese enloquecer a más de una chica, este joven no era dichoso. Al menos, no por dentro.

Por qué, se preguntarán.

Ciertamente no había una causa evidente de su locura, exceptuando su deseo sexual intenso, que era mucho más elevado de lo que se podía esperar en alguien de su edad. Ciertamente los jóvenes tienen un apetito sexual muy exacerbado por la intensa actividad hormonal, pero el de Sorrento era algo rayano en la locura.

Aunque nunca lo demostró, so pena de que lo tomasen por loco o tomasen alguna represalia contra él, la locura seguía creciendo y haciéndose más y más insoportable, hasta el punto de impulsarle a pasar noches enteras practicando el placer carnal solitario, mientras dejaba su mente fluir y sacarse esas imágenes que lo embrujaban. Hasta la fecha, aquella estrategia pareció funcionar, pero su mente envenenada elucubraba más y más de esas imágenes con cada segundo que pasaba, y Sorrento no hallaba como descargarlas, así que resolvió ponerse a escribir historias; agarraba una pluma y cientos de hojas, donde las letras iban y venían, narrando todas las aberraciones que acudían a la mente febril del joven… Las hojas se apilaban, pero cada vez su mente inventaba una fantasía nueva: eran desde sadomasoquistas, de dominio hasta orgías múltiples, pasando por situaciones de fetichismo, exhibicionismo, voyeurismo y ¡hasta zoofilia!

Llegado a ese punto, Sorrento supo que algo no estaba bien con él. No importaba qué método de desahogo empleaba, las fantasías no dejaban de nacer en su mente. Cuando miraba en los alrededores de su cuarto, veía la pila de hojas en un rincón, acusadoras.

“Tengo que hacer algo, por el amor de dios…” pensaba el marina; más no contaba con el número o la dirección de un psiquiatra, para su frustración “…tengo que hallar a alguien con quien hablar de esto, no puedo seguir así…”

Permaneció sentado en su pequeño escritorio, con el rostro escondido entre sus manos; lentamente éstas resbalaron hasta sus cabellos, los cuales sostuvo y hasta tironeó.

“Veamos, Sorrento…” le susurró su imaginación “… imagina que tu psiquiatra escoge como terapia el hacer contigo todo lo que fantaseas…”

–No…– gimió –.Aquí vamos de nuevo…

Jadeando, cogió la pluma nuevamente y dejó que su mente le susurrase al oído...

Pilar del Atlántico Norte
12 PM
1 de septiembre del 2006


Era una tarde aburrida para el general de los marinas, Kanon de Dragón Marino. La brisa casi no soplaba, por lo que se sentía un calor infernal. Malhumorado, se sacudió el cabello que comenzaba a humedecerse por el sudor.

–Desearía tener un jodido ventilador…– masculló para sí mismo, molesto –Un día vamos a morir todos achicharrados…

Era un hombre particularmente imponente: debía tener al menos uno ochenta y ocho de altura, y pesar bastante, a juzgar por su fuerte musculatura. Tenía el cabello larguísimo, hasta la cintura, de un color azul marino. Afilados y grandes eran sus ojos, de un color verde jade, de mirada dura y penetrante.

Estaba sumamente aburrido aquella tarde. Poseidón había mandado a sus generales a una misión especial en la superficie exterior, y junto a Sorrento, se había quedado para hacer rondas por los pilares y asegurarse de que todo marchase en orden.

La jornada era larga, sin duda, para ambos, pues se le asignaron tres pilares a cada uno, comenzando por su pilar vecino. Kanon debía comenzar por el Soporte Principal hasta el pilar del Ártico, mientras que Sorrento lo hacía a partir del pilar del Antártico hasta el Pacífico Norte. El trecho entre pilares era algo largo, por lo que les tomaría todo el día…

Sorrento… ese jovencito siempre le había parecido un poco extraño; claro estaba, no se lo decía por que empezando, no había cruzado muchas palabras con él, pero a juzgar por su manera de escudriñar con los ojos y su hábito constante de reclusión, a Kanon le parecía que en definitiva era un poco excéntrico. No obstante le pareció que estaba dotado de un excelente talento musical; tocaba unas piezas maravillosas cuyas melodías llenaban el pilar y hasta se hacían escuchar fuera del mismo. Algunas veces ocultaba su presencia para acercarse un poco y escucharle tocar, sin que el jovencito lo viese.

Una gran curiosidad palpitó dentro de Kanon con respecto a Sorrento; comenzó a preguntarse qué demonios escondía Sorrento detrás de aquellas fresas de mirada aniñada… Quizás no escondía nada, pero a Kanon le pareció mejor investigarlo un poco primero.

¿Pero cómo hacer esa labor sin que él se diese cuenta? Estaba seguro el comandante que apenas el pequeño músico se percatase de sus pesquisas iba a subir la guardia, y ese no era el plan… De repente brilló en su cerebro una buena idea: revisaría su pilar ahora que estaba entre su itinerario de guardia, mientras el jovencito estaba supervisando los otros pilares. Incluso ocultaría su presencia para mayor discreción.

Sin más, inició su ronda de vigilancia de pilares; resolvió dejar el de Sorrento de último, para poderlo explorar con más calma… quién sabe qué secretos le estaban esperando allí.

Pilar del Atlántico Sur
6:30 PM
1 de septiembre del 2006


Finalmente había llegado.

Sin perder ni un segundo -Sorrento podría estar de regreso en cualquier momento- Kanon comenzó a husmear inquisitivamente en todos los rincones de la pequeña habitación, más no encontró nada en particular; revisó su escritorio y solo consiguió un par de partituras, un libro de música y otro que no entendía por estar escrito en alemán, que era el idioma nativo del jovencito.

“Ya veo por que habla tan mal el griego a veces…” pensó Kanon, divertido. Aunque no había hablado directamente con él sino dos o tres veces cuando mucho, el acento era demasiado fuerte y al comandante le costaba entenderle a veces.

Cuando Kanon estuvo a punto de desistir, reparó en una pila de hojas sospechosas. Movido por su malsana curiosidad, comenzó a revisarlas: contenían cosas escritas por Sorrento. Aliviado de que se encontrasen escritas en griego -quizás estaría escribiendo para practicarlo- Kanon comenzó a leer:

“Kain no cesaba de mirar a su hermano, fijamente. Dios, sus ojos no podían despegarse de su anatomía perfecta: su cuerpo era hermosamente cincelado, con cada músculo que resaltaba perfecto…”

El comandante sintió una gota de sudor correrle por la sien; no supo si era por calor o por la sospecha de qué se trataba este relato. Cogió una silla y se sentó a leerlo más detenidamente:

“–Kain, no me lastimes…

–Silencio –le dijo el aludido, blandiendo un látigo –.Harás lo que se te diga, y no chistarás…

La piel de César comenzó a enrojecer debido al efecto de las brutales caricias del látigo; Kain estaba disfrutando al azotar el perfecto cuerpo de su hermano. Lo hizo hasta que sintió que la mano se le cansó; soltó el látigo y cogió a César por el pelo:

–Abre bien esa boca y engúllete mi pene, como una buena puta…”


Los ojos de Kanon se dilataron mientras iba línea tras línea… ¿y Sorrento escribía estas cosas? ¿Con tanto morbo, con tanto nivel de erotismo? Sintió que su ‘amigo’ le estaba comenzando a tocar el pantalón.

Cuando terminó el relato, cogió otro grupo de hojas y siguió leyendo… aunque los siguientes relatos fueron aún más fuertes… incluso uno de ellos hablaba de un psiquiatra haciéndole una terapia NADA convencional.

“Y Julius no dejó de gemir de placer; el puño que sentía moverse en su interior simplemente le arrancaba el sonido de la boca, sin poder hacer nada para evitarlo…

–Doctor… ¿está seguro de que esto me ayudará?

–Confía en mí –díjole el pervertido doctor –es la mejor terapia para los sexópatas como tú…

–Aaah, doctor… ¿estoy así de enfermo?

–Muy enfermo, niño…–respondió el doctor –y necesitas un tratamiento que tranquilice lo que ya parece incurable en ti…”


Kanon puso los ojos en blanco, jadeando ligeramente; estaba excitándose con los relatos que escribía el niño… especialmente con éste del psiquiatra.

–No puede ser que un niño como tú escriba esto…– murmuraba Kanon –.Me encantaría arrastrarte para el manicomio, te lo juro…

En eso sintió la presencia de Sorrento cerca, por lo que tuvo que acomodar los papeles a la carrera, más o menos de una forma convincente para no dar señales de que estuvo registrando. Rápidamente salió del pequeño cuarto para aposentarse en el perímetro desde donde normalmente tendría que vigilar.

Y bien rápido que lo hizo, porque a los pocos minutos divisó a Sorrento. Trató de recomponerse y poner una sonrisa algo cínica y calmada.

– ¿Qué tal te fue en tu ronda?

El jovencito se le quedó mirando fijamente, con la flauta entre sus manos. Sus ojos brillaban con una inocencia que si bien sabía Kanon que era falsa, no dejaba de ser levemente perturbadora.

–No tan mal – respondió finalmente, como si lo hubiese meditado mucho – ¿y a ti?

–Bueno, tampoco tan mal –respondió Kanon, con una mueca torcida –.Pero toma demasiado tiempo… quizás debamos largarnos a descansar un rato antes de que lleguen los demás.

–Buena idea…–musitó Sorrento, al pensar que tendría la noche otra vez para descargarse en privado. La ronda del día de hoy no hizo sino avivar el fuego que ardía dentro de sí mismo…

Pilar del Atlántico Norte
8 PM
1 de septiembre de 2006


Kanon regresó a su pilar con una mezcla de sensaciones y pensamientos en la cabeza. Aún tenía frescos los textos que había leído donde Sorrento… aquellas perversiones que el jovencito se guardaba dentro pero que luego volcaba en un papel.

Aunque las parafilias que Sorrento escribía no eran ni extrañas ni nuevas para él, su mente se negaba a aceptar que alguien como él pudiese escribir tales cosas; si uno miraba esos ojos encantadores, juraría que es el jovencito más dulce, sencillo e inocente jamás visto. En su físico, no había nada que delatase sus extrañas aficiones; además todo estaba oculto por su increíble talento musical. Todos jurarían que ese mozo de ojos fresas tocaba como único hobby.

Qué equivocados estarían, en dado caso.

En cambio, Kanon translucía en sus jades afilados una evidente perversión y crueldad, acompañadas de una malsana tendencia inquisitiva. Todos los marinas le tenían respeto, no solamente por su rango y apariencia malvada, sino también por ser el mayor de todos.

De repente, una idea perversa cruzó su cabeza; era disparatada también, pero no por eso menos atractiva: se disfrazaría de psiquiatra para hacer caer a Sorrento y provocar que confesase todas esas locuras en su cabeza. Y quizás llegados a ese punto, podría hasta divertirse con el jovencito mientras veía si era capaz de guardar esas fantasías como tales, o si quería llevarlas a la práctica.

Esto último, pensó Kanon, sería el postre del día.

Echó una ojeada a un enorme baúl que tenía en una esquina, donde guardaba diversos aditamentos que había usado en contadas ocasiones y con contados amantes: látigos, esposas, un paquete de velas de distintos grosores, agujas hipodérmicas, cadenetas, unos cuantos vibradores de diversos modelos -incluyendo dos que eran redondos e incluían anillas para el pene-, pinzas y lo que era peor: artefactos que emitían leves descargas eléctricas para atormentar las zonas más sensibles del cuerpo. Sin embargo, la mayoría de esos amantes, doloridos o simplemente espantados, no pasaban del primer día en que se acostaban con Kanon.

–Malo, malo –murmuró él un día –.Qué poco aguante tienen…

Desde ese entonces, había escondido esos objetos en aquel baúl, tan sólo a la espera de que una nueva víctima se acercara y él poder usarlos una vez más…

Y al parecer, ese momento se acercaba.

Por un momento, Kanon se excitó con la fantasía de fingir ser un psiquiatra y escuchar a Sorrento confesar sus desviaciones sexuales… y más aun con sólo pensar que el jovencito se le entregaría para hacer realidad todas las locuras de su cabeza. Disfrutaría masacrarlo a punta de torturas mientras le susurraba al oído lo enfermo que estaba y que no tendría otro remedio que entregarse a él…

Tal y como en su historia.

–Aah…–Kanon sintió como su pene empezaba a apretar contra su pantalón –.Ya te tengo ganas, carajito…

Muy en el fondo, Kanon sabía que quizás el más enfermo de los dos era él mismo y no tanto Sorrento… Y es por que habían diferencias sutiles: Sorrento hacía lo que hacía sólo para buscar un poco de alivio a sus ganas, mientras que Kanon, con varios años de experiencia -y de lujuria- a cuestas, se valía de ellas para manipular y obtener no sólo satisfacción meramente sexual, sino a nivel del ego.

Pero aún más reprochable en este marina era que todo eso -el ego, el apetito sexual exacerbado- estaban escondidos en una capa de falsa inocencia y rectitud, y lo que lo diferenciaba de Sorrento eran sus intenciones… mientras que el jovencito mantenía silencio sólo por temor a reprimendas, Kanon callaba para poder engañar y manipular… y además, le costaba admitir que estaba enfermo -quizás más que el mismo Sorrento- no sólo a nivel mental sino a nivel espiritual…

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En la madrugada de esa misma noche, Kanon de Dragón Marino había salido como sombra a colocar un cartel en un lugar por el que seguramente Sorrento pasaría; incluía un sugestivo aviso -escrito de tal manera que el joven no reconociese la letra- y además un buzón para recibir cartas.

Regresó otra vez a su pilar y comenzó a revisar todas sus cosas, buscando una bata blanca, un par de pantalones, unos zapatos algo formales y además algo para cubrirse la boca y la nariz, de modo que Sorrento no lo reconociese. Era prioritario esconder su identidad… al menos mientras durase la pequeña mascarada.

Escogió como lugar para “atenderlo” una pequeña cabaña situada a cien metros del pilar del Atlántico Norte. Generalmente iba allí cuando necesitaba reflexionar o simplemente aislarse para tener un poco de paz. Era un lugar que sólo el mismo Kanon conocía.

Colocó un cómodo sillón y además camufló el cofre con sus “artilugios” a fin de tenerlos a la mano cuando llegase el momento; luego arregló el ambiente de modo que luciese como una humilde sala de consulta de un recién llegado “psiquiatra” marino.

Kanon se sobó las manos de puro placer anticipado; su plan estaba saliendo de maravillas. Pronto tendría a ese bellaco pervertido en su poder…

Y ya no veía el momento de esclavizar a aquel desequilibrado sexual…

Pilar del Atlántico Sur
2 PM
2 de septiembre de 2006



Sorrento se había quedado dormido por completo aquella mañana, tras pasar la noche en vela escribiendo para tranquilizar su febril cabeza.

Se despertó como a eso de las dos de la tarde, aún cansado y desorientado. Comenzó a vestirse a la carrera, pues cayó en que tenía que pasar por el pilar del Atlántico Norte para que Kanon le mostrase el itinerario de hoy. Ya debía estar enfadado por esperarlo…

“Imagina que recibirás un delicioso castigo por hacerle esperar… Kanon no está nada mal, Sorrento…” seguía susurrando su imaginación retorcida.

“ ¡Basta! ¡Kanon está muy viejo para mí!” Logró protestar la mente del jovencito, en un halo de mínima lucidez.

Pero su imaginación no se daba por vencida y le seguía susurrando al oído.

“Esa no es excusa… sabes que has fantaseado con ser torturado por alguien que te doble la edad”

– ¡BASTA! –gritó el marina, jalándose los cabellos lavandas y dejándose caer al suelo de rodillas – ¡DÉJATE DE TONTERAS!

Su imaginación pareció callar por un momento, para alivio de Sorrento, quien permaneció acuclillado en el suelo, balanceándose levemente. Rogaba que al ponerse de pie su macabra cabeza dejase de hablar.

–Cuando regrese, sigo… sigo…– murmuró, colocándose el casco para ocultar su despeinada cabellera lavanda. Sus ojos fresas aún destellaban con inusitado brillo morboso, producto de su aún latente pero silenciosa imaginación. De repente comenzó a sentir aquel ya tan familiar calorcito entre las piernas:

– ¡Y qué buen momento para ponerme así! –protestó Sorrento, sarcástico; sabía que si se iba aguantando, el dolor y la calentura iban a ser literalmente insoportables. No sabía qué podía ser peor: o masturbarse y descargarse, a riesgo de que Kanon lo regañase por retrasarse… o ir para allá con aquel enorme bulto chocando contra su pantalón y el sólido faldón de su armadura también con el riesgo de buscarse un dolor insoportable.

Resolvió descargarse allí mismo; primero estaba su “salud” antes de los regaños de Kanon… después de todo, ya podría inventarle una genial excusa para salir del paso. Gracias al cielo que no sabía de sus extrañas manías ni de su retorcida imaginación, de modo que no sospecharía los motivos de su retraso.

Se recostó contra la pared, acuclillado y con las rodillas ampliamente separadas. Lentamente se abrió el faldón en dos, de modo que su entrepierna quedase descubierta. Echó la cabeza hacia atrás y se sacó el casco para poder sentir el frío de la pared contra su cabellera; cerró los ojos y entreabrió la boca, dejando salir el aire que salía en forma de lascivos jadeos.

–Ahh…–gimió Sorrento, colocando la palma de sus manos contra el bulto entre sus piernas: lo sentía cálido, sólido y renuente a desvanecerse por sí solo. Impulsado por el clamor de las hormonas por todo su cuerpo, su mano comenzó a moverse suavemente, endureciendo aún más aquella protuberancia. Más no fue suficiente para el pequeño bribón, por lo que bajó el pantalón, apenas lo suficiente para liberar su erección y los testículos; ésta se levantaba imponente, destacando en todo su “esplendor”. Sorrento la frotó suavemente, deleitándose con cada movimiento; afincó el dedo pulgar en la punta para incrementar la sensación. Recordó que había descubierto accidentalmente aquella placentera maniobra cuando se estaba bañando; había estado lavándose los genitales y por casualidad su dedo pulgar había presionado demasiado la punta, trayéndole un delicioso corrientazo de placer.

–Mmnn… sí… aahh… qué… qué bien se siente…– sin dejar su labor, extendió la otra mano para alcanzar un frasco de aceite… justo al momento de agarrarlo, sintió como alguien se lo arrebataba y exclamaba con voz ronca:

– ¡Tal cómo lo imaginé!

Sorrento frenó en seco al oír aquella voz que sonaba levemente enfadada; alzó la mirada y se consiguió con nadie menos que Kanon.

“No… con esto si que no contaba…” pensó, sumamente perturbado.

–Me extrañó no verte en donde te cité, Sorrento…–comenzó a decir el comandante, con el frasco de aceite en la mano –… así que fui a verte y ¡sorpresa! me consigo con esto…

Sorrento comenzó a deshacerse en excusas.

–P-perdona… yo… yo…

–Silencio –cortó Kanon –.Te he pillado con las manos en la masa, niñato… con que descuidando tus obligaciones para sólo matarte a pajas…

Fingiendo mirar a su alrededor, Kanon reparó en un par de hojas sospechosas en el escritorio de Sorrento. Las agarró, ante los ojos atónitos del jovencito y comenzó a leer en voz alta:

“–Doctor, no sé que me sucede… tengo la misma fantasía todas las noches cuando me masturbo…

–Cálmese jovencito –respondía el apuesto doctor –.Acuéstese en el diván y reláteme lo que le angustia…

Julius hizo como el doctor le dijo. Tras respirar profundamente, comenzó a relatar:

–No puedo dejar de pensar en sexo y dolor… verá, todas las noches fantaseo con sentir el puño de otro hombre en mi ano…”


Kanon sonrió para sus adentros; ya conocía este relato, pues lo había leído ayer cuando revisó el lugar, pero para no delatarse, miró a Sorrento e hizo un gesto de fingida sorpresa:

– ¡Cómo es posible, Sorrento! Esto que escribes es de gente enferma y calentona…– le arrojó los papeles a la cara –.Deberías ir a un psiquiatra, que mucha falta te hace…

¡Y cuándo no! Para nueva sorpresa de Kanon, veía que Sorrento no reaccionaba escondiendo lo que sentía, sino que seguía sujetando su erección, masajeándola con más suavidad. Kanon se agachó para quedar a su altura; su rostro portaba una mueca retorcida e indescifrable:

– ¿Te excitas con todo esa basura pornográfica que escribes? –le preguntó, sujetando aún el tan deseado frasco de aceite –.Eso indica que estás mal, niño, estás muy mal de la cabeza…

La voz de Kanon, llena de reproche burlón, sólo excitaba más a Sorrento. Dejó salir el aire entre sus dientes apretados y silbó:

–Lo sé… créeme… lo sé…

Kanon vertió un poco de aceite en la mano de Sorrento, la cual ahora se movía con mucha facilidad en torno a una erección bastante húmeda y su dueño aumentaba el tono de sus gemidos, deleitando los oídos del Dragón del Mar.

–Entonces si tanto dices saberlo… ¿por qué no vas a un médico? Por ahí leí un anuncio de un psiquiatra “recién llegado”…– Kanon hizo una mueca y puso los ojos en blanco –.Lo habrá traído el señor Poseidón, supongo… aún así, deberías aprovecharlo, niño. Si mal no recuerdo, decía que las citas se pactaban con ‘cartas’…

– ¿Dónde… dónde está ese anuncio? –inquirió Sorrento entre gemidos.

–Está como a cinco cuadras de mi pilar… casualmente lo ví cuando salía para acá…–palmeó el muslo del jovencito y le dio un sugerente apretón –.Hazme caso y escríbele; tu perturbada mentecilla te lo agradecerá.

Sorrento sonrió, y Kanon apreció el morbo brillando en sus ojos entrecerrados por el placer.

–Cero pudor ¿eh? –le dijo con una sonrisa, sin dejar de mirarlo masturbarse – ¿Te gusta que te vea haciéndote cositas sucias?

–Si… si… me gusta…–respondía el joven Sirena, sin dejar de masturbarse y mirar a Kanon a los ojos –.Mírame acabar…

Obviamente el espectáculo estaba alterando deliciosamente a Kanon, quien no despegaba sus ojos de las manos de Sorrento, que se movían rítmicamente en torno a su miembro, en medio de jadeos y sonidos aceitosos.

– ¿Más aceite?

–Sí…– ronroneó Sorrento, suplicante. Miró con los ojos entreabiertos como Kanon le vertía otro chorro de aceite en ambas manos. Pronto el lugar se inundó de los gritos y gemidos estridentes del joven Sirena, quien estaba ya llegando a la dicha del orgasmo, ante los ojos libidinosos del comandante.

“Así, así… vente frente a mí, condenada zorra enferma… no más deja que te agarre en la bajadita…” pensaba Kanon, con una mueca retorcida y una enorme erección pujando también entre sus piernas.

Muy pronto las manos de Sorrento quedaron húmedas de abundante semen blanquecino. Kanon no pudo aguantar aquella visión: el joven marina de cuclillas con las piernas abiertas; las manos y el pene húmedos de aceite y semen mezclados… Kanon agarró una de las manos del jovencito y las llevó a sus labios, obligándole a probar sus propios fluidos. Movió rítmicamente la misma hasta que sus dedos quedaron limpios -aunque un poco grasosos aún-

Lo que le pareció aún más incitante fue la poca resistencia que puso, y el poco o ningún pudor que manifestó… todo engalanado con una lujuria enfermiza y a prueba de reproches.

“No me lo pienso coger todavía, aunque es DEMASIADA tentación… pero no, yo si me aguantaré… quiero esperar el momento adecuado…”

–Haz lo mismo, pero con la otra mano… hasta que te limpies por completo –le dijo en un susurro ronco. Sorrento obedeció y rápidamente se llevo la mano limpia al pene y secó todo el semen y el aceite que quedaban para luego chuparlos y dejar ambas manos relucientes. Kanon sonrió satisfecho.

–Hace años que no veo un espectáculo así… ve al doctor y luego hablaremos… bellaquito –añadió con cierto dejo de irónica lascivia. Se puso en pie lentamente y se fue, dejando a Sorrento aun estremeciéndose lánguidamente por el orgasmo.

“¿Y todavía crees que Kanon es muy “viejo” para ti?” susurraba insistente la morbosa mente del jovencito.

Lentamente se dejó caer al suelo, completamente relajado y distendido. Jadeaba satisfecho por haberse descargado y además haber realizado una de sus fantasías: el exhibicionismo.

–Tengo que encontrar a ese doctor… quizás me ayude con esto…– murmuró Sorrento.

Se puso en pie, algo vacilante y tembloroso, pero mucho más firme que antes, obviamente. Se acomodó el pantalón y luego cerró el faldón de su armadura. Acto seguido, salió a buscar el susodicho anuncio…

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Código:
¿Tiene algún problema? ¿Su mente le está jugando malas pasadas? Si es así, déjeme una carta en el buzón para concertar una cita y poder ayudarle con sus problemas mediante terapias efectivas. Satisfacción garantizada.

Atentamente,

Dr. Kayro,

Psiquiatra del mar.
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Ni corto ni perezoso, Sorrento sacó lápiz y papel y se aposentó en una roca a escribir una carta.

“Estimado Dr. Kayro,

Me llamo Sorrento de Sirena, y soy un marina al servicio del dios Poseidón.

¡Realmente estoy desesperado! ¡Por favor ayúdeme o me volveré loco!

¡Por favor dígame que puede echarme una mano, se lo suplico! Vendré a las dos de la tarde, por favor, déme la dirección de su consultorio, ¿si?

Suyo,

Sorrento,
El sexópata del mar.”


Metió la pequeña misiva en un sobre y lo depositó a toda prisa en el buzón que estaba bajo el anuncio. Al fin recibiría ayuda sobre lo que le aquejaba… y ya ningún otro marina le llamaría pervertido ni enfermo como hizo Kanon hace un momento.

“Parecía estar disfrutando el verme así… como si ya tuviese algo con qué presionarme…”

Y así parecía, de hecho. Si teníamos en cuenta que Sorrento temía las represalias que podría tomar ya sea Poseidón o alguno de sus compañeros, era normal que ahora tuviese miedo de Kanon, que era el único que conocía sus manías.

¿Te excitas con todo esa basura pornográfica que escribes? Eso indica que estás mal, niño, estás muy mal de la cabeza…

La voz irónica de Kanon resonaba intensamente en su cabeza, mientras permanecía aferrado al buzón del anuncio; sólo se levantó pasados unos cuantos minutos, cuando se recobró de su momentánea desesperación.

–Debo tener paciencia y esperar su respuesta…– murmuró Sorrento. Aspiró profundamente y se dispuso a regresar a su pilar; era mejor hacerlo mientras la calentura no lo dominase todavía…

Pilar del Atlántico Norte
1 PM
3 de septiembre de 2006



Anoche, Kanon se hallaba brincando de felicidad al leer la desesperada carta de Sorrento pidiendo ayuda… ¡realmente todo le estaba saliendo a pedir de boca! Y lo mejor de todo es que el jovencito no tenía ni la más mínima sospecha.

Rápidamente le había escrito una respuesta, procurando garabatear descuidadamente para hacer su letra irreconocible:

“Estimado Sorrento,

Tu cita queda pactada a las dos, como has pedido. Podrás encontrarme en una pequeña cabaña situada a varios kilómetros al sur del pilar del Atlántico Norte. No te preocupes, que encontraremos una cura para lo que te aqueja.

Atentamente,

Dr. Kayro,
Psiquiatra del mar.”


Haciendo uso de su agilidad, consiguió esconder su cosmos y dejarle la misiva en una roca que estaba frente al pilar de Sorrento, seguro de que éste la vería cuando saliese a vigilar.

Mientras tanto, ya cerca de la hora de “consulta”, Kanon iba preparándose cuidadosamente, con una precisión y una minuciosidad nada común: se colocó lentamente la bata blanca, que calzó todo su cuerpo fornido, eclipsándolo un poco incluso, para mayor discreción; luego agarró un cepillo y comenzó a cepillar su larga cabellera azul, hasta sacarle reflejos. Luego de eso, cogió una cinta fuerte y se hizo un moño alto; si lo llevaba suelto, Sorrento podría reconocerlo, y para Kanon, la única manera de pasar desapercibido era tenerlo recogido.

Completaba el “look” una pequeña tela que le cubría la boca y la nariz; en cierto modo se asemejaba a más a un cirujano salido de algún quirófano que a un psiquiatra común y silvestre; más aun todo lo que le importaba era que el jovencito no lo reconociese hasta que llegase el momento apropiado para revelarse.

“Es el momento más orgásmico de mi vida… hace años que no jugaba a estos jueguitos. Son precisamente la parte que más me gusta…” Pensaba Kanon, poniéndose en pie, ya listo para enfrentar a Sorrento…

No, enfrentarlo no…

Hacerlo suyo, y de nadie más.

<p align="center">(Finaliza en el próximo post)</p>
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selene18_Zuster
Publicado: Sab Ago 11, 2007 6:05 pm Responder citando
Seiya Adicto Seiya Adicto
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Consultorio del Dr. Kayro
2 PM
3 de septiembre de 2006


Finalmente llegó el día de la cita pactada. Sorrento estaba allí con una puntualidad rayana en lo inglesa.

– ¡Pase! –exclamó una voz –¡La puerta está abierta!

Sorrento entró enseguida. Era un consultorio bastante pequeño y humilde: había una mesa que hacía las veces de escritorio, unas cuantas cajas en un rincón, un florero, unos pocos cuadros, y además, una silla y un sofá que, imaginó el marina, hacía las veces de diván. Tal y como dijo Kanon, era un médico recién llegado y que había tenido que improvisar su consultorio.

–Oh, tú debes ser Sorrento de Sirena ¿no? –interrogó el doctor, con un tono amigable –Yo soy el Dr. Kayro, es un placer conocerte.

Dicho esto, le tendió la mano a Sorrento, quien se la estrechó enseguida; para ser un médico tenía las manos muy fuertes… como si fuera alguien que entrenase o hiciese algún tipo de actividad física.

–Así es…– replicó Sorrento –El placer es mío, doctor.

–Recuéstate en el sofá, jovencito…– carraspeó un poco –sé que no tengo mi diván listo, pero encargaré uno en esta semana; es que acabo de llegar.

–Lo sé… no se preocupe –replicó Sorrento, acostándose como le dijo; el sofá era cómodo y muy mullido. Recostó su cabeza con placer sobre un pequeño cojín y se quitó los zapatos.

Cuando estuvo bastante cómodo, vio al doctor jalar una silla para colocarla a su lado. Desde su lugar, Sorrento seguía con la mirada cada uno de sus gestos, así como examinaba su físico: tenía el pelo sujetado en un moño alto, y unos mechones caían sobre la frente; ojos verdes, rasgados de grandes pestañas… pero lo extraño era que tenía la boca y la nariz, cubiertas con una tela.

– ¿Por qué se cubre la boca?

Kanon carraspeó un poco.

–Es sólo un pequeño resfriado… pero igualmente no deseo transmitírselo a mis pacientes…– parpadeó con cierta familiaridad que a Sorrento le pareció conocida, más no logró ubicar en dónde había visto aquel gesto.

–Bueno, flaquito ¿qué es lo que te está angustiando tanto? Cuéntame con confianza.

Sorrento suspiró suavemente, mientras buscaba ordenar las ideas que se agolpaban en su cabeza. Lo que nunca sabría -al menos en ese momento- era que a quien le iba a contar más de sus manías era precisamente a Kanon.

“Bueno… que comience la función…” pensó Kanon, sonriendo detrás de la tela.

–Verá doctor…–repuso el jovencito, poniendo los ojos en blanco –Creo que estoy mal de la cabeza…

– ¿Mal de la cabeza? ¿Y eso por qué?

–Bueno… yo… simplemente no dejo de pensar en sexo; quiero decir, no es algo normal… no es nada natural en mí… a mi edad, se supone que nos excitamos mucho… pero creo que ya lo que siento no es normal.

Kanon cogió el lápiz y se puso a garabatear en un bloc de notas mientras Sorrento hablaba.

–Prosigue, por favor…

–Todos los días… puedo estar en una misión seria, donde arriesgo mi pellejo… y aún así, siempre, siempre siento una erección despertar entre mis piernas… y cuando estoy en mi pilar, es peor… porque siento que “arrecia” la tormenta…

“Excitación sexual constante y a deshora” escribió Kanon en el bloc, sin dejar de sonreír entre dientes apretados… ¿con que era así de caliente? Esto prometía ser aún más divertido de lo que pensaba…

Aunque por otro lado, no podía descartar la teoría de que la adrenalina podía ser responsable de erecciones involuntarias, pero conociendo a Sorrento, no era una teoría muy factible.

–Así que… ¿te sientes excitado y no lo puedes controlar mediante el pensamiento racional?

–Así es, doctor… y lo que es peor… mi mente elucubra cientos de fantasías sexuales y me atormenta todo el tiempo… eso no hace sino incrementar mi calentura…

Kanon comenzó a garabatear algo más en el bloc:

“Fantasías sexuales de diversas índoles… incrementan su excesiva e incontrolable excitación sexual…”

Alzó la mirada justo en el momento que Sorrento comenzaba a agitarse en el sofá; vio sus manos recorrer disimuladamente el vientre plano y detenerse en su pecho, hasta culminar en un intento de ‘abrazarse’ a sí mismo.

–Cálmate y respira hondo, jovencito… ¿puedo saber qué clase de fantasías tienes?

Los ojos de Sorrento parecieron agrandarse un poco y comenzaron a brillar como siempre sucedía en aquellos momentos.

–Depende del momento… unas veces surgen disparadas por un detonante dentro de mi ‘realidad’ por decirlo de algún modo… Cierta vez estaba luchando con un hombre… no recuerdo quién era…– Sorrento cerró los ojos –Y por una fracción de segundo deseé que me tomase con rudeza; lo imaginé secuestrándome y llevándome a un rincón donde me lo hacía… yo me veía gimiendo desesperadamente mientras el introducía su suculento pene en mi trasero virgen y ardiente…

Kanon resopló… maldito niñato, ¡lo estaba excitando con sus cuentitos calientes! Pero aún así no podía creer que en plena lucha, donde su vida estuvo en peligro, estuviese fantaseando con esa clase de cosas en vez de concentrarse y abocarse a pelear… ¡con razón sus heridas habían sido tan graves!

–Continúa, muchacho…– le dijo, mientras seguía escribiendo en su bloc.

“Pérdida del contacto con la realidad al experimentar el deseo intenso y la fantasía sexual juntas… posible descuido de sus obligaciones cotidianas…”

¡Y cuándo no! Aún recordaba ayer que lo cazó masturbándose en vez de ir a la cita que concertaron. Obviamente este chicuelo no mentía, al parecer lo que sufría era algo serio.

–También fantaseo con que me estén humillando y penetrándome sin parar… un par de veces soñé que el señor Poseidón me castigaba deliciosamente por haber sido ‘un marina malo’… Recuerdo el crujido del latigazo en mi espalda, nalgas, piernas, brazos… incluso en mis genitales. Me veía acabando de puro placer y bañándome abundantemente entre las piernas…

–Dime una cosa, jovencito…–comenzó a decir Kanon, de repente –Este deseo, estas fantasías… ¿te hacen descuidar tus tareas cotidianas?

–A veces…–respondió sin vacilar –Fíjese, ayer no más falté a una cita importante por estarme masturbando… pero doctor, no lo hice por gusto…– ahora sus ojos brillaban curiosamente suplicantes –… tenía que hacerlo, porque si me aguantaba la excitación, ¡iba a experimentar mucho dolor en los testículos!

“Si claro… ahora cuéntame una de vaqueros…” pensó Kanon. Luego de haber oído esos relatos, dudaba de que se masturbase por necesidad… en un jovencito calentón como él ya no podía creerlo.

–Lo entiendo –respondió fríamente pero aparentando comprensión –Aparte de masturbarte para calmar la excitación… ¿no encuentras algún otro medio de catarsis?

Sorrento volvió a reflexionar un momento y recordó los textos que escribía… los que había leído Kanon ese día… menos mal que no había leído los otros que guardaba, pero seguramente con ese solo que había visto ya era suficiente para hacerse una idea de sus perversiones.

–Solía escribir mis fantasías… plasmarlas en historias, a ver si descargándolas en alguna parte me tranquilizaba…– una mueca indescifrable cruzó el semblante del jovencito –pero no sirvió de nada, aún siento calentura, y aún mi cabeza elucubra fantasías…

Kanon asintió. Tras garabatear por unos minutos, golpeteó el bloc con el lapicero y declaró finalmente:

–Jovencito, a juzgar por todo lo que me cuentas, sufres un caso grave de satiriasis… ¿qué es la satiriasis? Simple: es el equivalente masculino de la famosa ninfomanía en las mujeres; se caracteriza por un deseo sexual intenso, que muchas veces te obliga a dejar de lado tus labores diarias… y se ve empeorado por la intervención de fantasías sexuales, probablemente originadas por tu mismo deseo…

Sorrento se quedó como una piedra en el sofá… ¡realmente estaba enfermo! Sabía que algo iba mal con él, porque sabía que lo que hacía no era normal… se sentó de golpe en el sofá y sujetó el cuello de la bata del doctor, suplicante:

– ¡Por favor, tiene que haber una cura para este mal! ¡Dígame que puede curarme, doctor, por favor! –

Aún detrás de la venda, Kanon sonrió torcidamente.

–No existe cura para dicho mal…–mintió con perversidad –Sólo existen tratamientos paliativos que “aminoran” el mal… pero nunca, nunca se te podrá curar…

Sorrento sintió que medio mundo se le derrumbaba ¿realmente lo que tenía era incurable? ¿Acaso como un cáncer o un SIDA?

–Por favor… dígame que bromea… ¿quiere decir que me quedaré… siendo un sátiro por toda la vida?

–Así es, niño –contestó el doctor –deberás cargar con eso por el resto de tu vida, y lidiar con aquellos que sepan que lo tienes y lo aprovechen a su entero antojo…

De repente, para Sorrento, el doctor comenzaba a hablar con una extraña familiaridad. Ese modo de llamarle ‘niño’… sólo podía recordarle a una sola persona: Kanon de Dragón Marino.

–Estás jodido, niñato –le dijo otra vez el médico. Se puso lentamente en pie y se llevó las manos al cabello para soltárselo, con un gesto sumamente sensual; Sorrento vio caer aquella abundante melena azul y enmarcar ya un rostro afilado y muy conocido para el joven marina.

–No puede ser…

Los ojos verde jade se afilaron y adquirieron un brillo muy conocido; una mano bajó la tela que cubría la parte inferior del rostro, hasta que la verdad quedó frente a los ojos de Sorrento.

–K-K-Kanon…– tartamudeó Sorrento –Debí imaginarlo...

El comandante sonrió, apretando la tela entre sus manos gruesas. Estaba a punto de experimentar el orgasmo sólo de ver aquellos ojos brillantes y levemente asustados; además, tenía al jovencito a su entera merced, no sólo por saberle solo e indefenso frente a él, sino por conocer ya a profundidad su maldito trastorno sexual.

–Así es, niñato…–repuso el marina mayor –Ahora conozco tu secreto y entiendo por qué siempre te escondías tras esa fachada de niño inocente…

Se acercó lentamente a Sorrento, quien aun estaba en el sillón, sin salir de la sorpresa; miraba a Kanon fijamente, con sus ojos brillosos. El comandante alargó la mano y lo cogió por el cuello de la camisa, acercando su cuerpo al suyo, hasta que quedaron pegados.

–Eres un maldito enfermo, niño, mucho más de lo que imaginé aquel día que te ví matándote a pajas…– enroscó un brazo alrededor de la cintura de Sorrento y la otra sobó las nalgas prietas, carnosas y deliciosas. Incluso con el pantalón se podían sentir y apretar a placer – ¿Te gustó el hacer realidad una de tus “fantasías”, mocoso calentón?

Inmediatamente Sorrento sintió el deseo despertar, rugiendo a toda voz en su interior; las manos de Kanon se sentían deliciosas en sus nalgas entreabiertas. Comenzó a jadear pesadamente al oído del comandante.

– ¿Qué vas a hacer conmigo ahora que sabes mi secreto?

Kanon sujetó el cabello del jovencito y le echó el rostro hacia un lado; luego le introdujo la lengua en la oreja, moviéndola hábilmente, hasta susurrarle:

–Te voy a delatar… le diré a Poseidón qué clase de basura enferma tenemos en nuestro reinado…– sintió a Sorrento temblar descontroladamente, y aquello le excitó aún más –Probablemente te lo cortará y te lo pondrá de tapón por aquí para que no se te cierre…– susurró roncamente mientras metía un dedo en la intersección de las nalgas y lo movía lentamente –y cuando le dé la gana, te lo sacará y te lo meterá en la boca mientras te folla hasta que llores como una niña…

Remató tan grotesca y aberrante sentencia con una mordida suave en el lóbulo. Luego siguió susurrándole, esta vez mientras le metía la mano por entre el pantalón, sintiendo aquella piel deliciosa bajo sus dedos.

–Pero si aceptas ser mi humilde esclavo, no diré nada a Poseidón…– bajó los labios a su cuello y le clavó mil dentelladas a esa piel delicada, dejándole marcas rojizas que se transformarían luego en moretones grandes –Sólo basta con que te pongas de rodillas y me lo digas mientras lames mis pies…

Bastó con sólo decir aquello para que Sorrento se deslizase lentamente hasta caer de rodillas a los pies de Kanon, quien no dejaba de reír satisfecho. Vio las nalgas de Sorrento elevarse mientras él se empinaba para lengüetearle los zapatos.

–Te lo suplico… sé mi amo… yo seré tu esclavo…– susurraba el jovencito, excitándose con cada lamida en los zapatos de piel de Kanon.

–Quítate la ropa –ordenó el comandante, con voz ronca –.Quiero verte el trasero desnudo…

Sorrento se incorporó y comenzó a desvestirse lentamente: primero la camisa, desbotonándola lentamente. Kanon se relamió los labios al ver los pezones completamente erectos; le hizo un gesto a Sorrento para que se detuviese un momento y se permitió acariciar aquellas diminutas rosadas protuberancias: los jaló fuertemente, como si quisiera despegárselos del pecho, y luego los retorció tanto como pudo.

– ¿Nunca te has tocado aquí?

Sorrento asintió… ¿Cuántas veces lo hizo? ¿Cuántas veces se tironeó los pezones, especialmente en aquellas desesperadas noches en solitario?

–Muy bien… pero hoy experimentarás algo más que mis dedos…–Kanon sonrió maquiavélicamente –Quédate quieto y lo verás…

Se levantó para dirigirse rápidamente a donde estaba el famoso ‘cofre’ y lo arrastró a su lado. Ahí, ante los ojos expectantes de Sorrento, comenzó a revolverlo, hasta que sacó un extraño artefacto que se asemejaba a una tenaza.

–Recuéstate hacia atrás… y coloca las manos detrás de tu espalda.

Kanon esbozó una sonrisa, mientras acomodaba a su ahora esclavo en la posición que quería. Luego le abrió el pantalón y le sacó el miembro.

– ¿Sabes qué es esto? –Interrogó Kanon, enseñándole la tenaza – ¿Tienes alguna idea?

Sorrento negó con la cabeza. Sonriendo, Kanon apretó el mango de la tenaza, provocando que se abriese y se cerrase rítmicamente; la acercó a uno de los pezones del joven Sirena y se lo prensó dolorosamente… sus oídos se llenaron del precioso acorde musical que eran sus gemidos de placer y algo de dolor. De repente, pulsó uno de los botones que estaba en el mango de la tenaza… y una descarga eléctrica recorrió a Sorrento, haciéndole gritar.

– ¡¡AAAHHH!!

–Sí… vamos, grita otro poco para tu amo…

Volvió a apretar el botón y una nueva descarga sacudió a Sorrento, haciéndolo estremecerse brutalmente, para deleite de Kanon, cuyos ojos ya brillaban de sadismo mal disimulado. Dejó la tenaza a un lado y miró ahora a su recién esclavizado marina.

– ¿Qué dices entonces, pequeño enfermo? ¿Prefieres que sea yo quien te castigue y no Poseidón?

“Resultaste ser tan enfermo como yo, Kanon…” pensó Sorrento, de repente “Lo que tanto criticaste en mí… lo estás repitiendo…”

–Si…–respondió, a pesar de lo que estaba pensando –quiero que seas tu quien me castigue…

–Bien –replicó Kanon –Ahora levántate y termínate de desvestir, puta.

El joven Sirena terminó de desvestirse, quedando tan sólo en calcetines; Kanon lo miró divertido, pensando en dejarle las medias para dar un toque de ‘inocencia’ a su víctima. Lo llamó sugestivamente con el dedo y Sorrento avanzó hacia él. Kanon volvió a revisar el famoso cofre y sacó unos brazaletes de esclavo.

–Los llevarás día y noche. No te los quitarás a menos que yo te lo ordene…–susurró, colocándole los adminículos en las muñecas.

–Si, amo…–murmuró Sorrento, temblando de placer. Siguió con la mirada a Kanon, quien ahora le daba la espalda para repantigarse sobre el sofá y hacerle una seña.

–Gatea hasta mis pies, Sorrento.

El jovencito hizo como le dijo y se arrastró hacia donde estaba Kanon; una vez allí se colocó de rodillas, a la espera de su próxima orden.

–Muy bien, pequeña puta… – al notar que Sorrento estaba casi encima de sus pies, llevó uno de éstos hacia los testículos del jovencito y los acarició moviendo lentamente los dedos de los pies, provocando que el otro reaccionara abriendo las piernas y ofreciéndose a la caricia.

Kanon se desabrochó el pantalón y liberó una gruesa erección, contenida luego de escuchar hablar al jovencito durante la ‘mascarada’… La masajeó sugerentemente ante los ojos deseosos de Sorrento y se la ofreció… el jovencito se relamió los labios y se abalanzó sobre ella, devorándola ávida y ruidosamente, con sonidos líquidos y semejantes a la deglución.

–Así, así… devórala con ganas, mocoso calentón…– murmuró Kanon, alzando el pie para volver a acariciar los testículos de Sorrento; pudo sentirlos restregándose contra su tobillo. Agarró los cabellos lila del jovencito y acarició los rizos delicados que cedían bajo sus dedos… aunque de vez en cuando los jalaba para que siguiese un ritmo en especial cuando su lengua tocaba en alguna parte sensible. Kanon siseaba de placer muy mal contenido.

De repente el comandante jaló el cabello para poder girar la cara de Sorrento y observarla con atención: destacaban los labios enrojecidos e hinchados por el placer y el roce juntos… luego sus pómulos igual de enrojecidos, y todo coronado por sus ojos brillantes de placer.

Lo estaba disfrutando, en definitiva.

Tomó su miembro con la mano y se lo introdujo en la boca, aun sosteniéndolo por el pelo, y luego comenzó a empujar su cabeza para que reanudara su labor. El jovencito seguía engullendo su pene con húmedos sonidos de placer. Cuando sintió que se venía, lo sacó bruscamente de su boca y lo empujó lejos.

– En cuatro ¡AHORA! –ordenó Kanon, alzando la voz. Sorrento obedeció a toda prisa.

–Pobre de ti, niño; estás enfermo y el menos indicado conoce tus trastornos…– decía Kanon entre dientes mientras se lubricaba abundantemente el puño, especialmente los nudillos -que eran gruesos y prominentes-. Acto seguido, vertió el líquido en el ano del jovencito para lubricarlo; no era que Kanon desease ser “considerado” con él, simplemente quería quitarle la excusa de dolor para negarse al placer.

Con la mano que tenía seca entreabrió las nalgas de Sorrento y comenzó a introducir el puño húmedo por aquel estrecho canal. Sorrento gimió y tembló con fuerza; las piernas le flaqueaban tanto que Kanon tuvo que sujetarle una con la rodilla y mantenérsela pegada al suelo. Luego de insistir un poco, entraron los gruesos nudillos de Kanon, provocando que Sorrento gritase.

– ¡Silencio niñato inútil! –protestó Kanon, forzando más el puño – Haz uso de esa maldita satiriasis que tienes… ¡Y DISFRUTA!

El jovencito calló y trató de hacer tripas corazón; era algo tan difícil, porque contrario a lo que Kanon pensaba, el dolor con todo y lubricación era insoportable. Tenía la sensación de que estaban abriéndolo en dos. Apretó los dientes y hundió los dedos en el suelo.

Al ver el silencio de Sorrento, Kanon pareció satisfecho:

–Así me gusta Sorrento, que te portes como un hombrecito, no como una niña llorona… después de todo, tu siempre habías querido sentir esto, ¿no?

Introdujo aún más el puño hasta que entró completamente hasta la muñeca. Kanon jadeaba al sentir -y ver- aquella abertura trasera dilatada por completo y apretándole la muñeca…

“Aaah… no… no puedo aguantar…” pensó Sorrento “tiene… su mano dentro de mi…”

Una vez que logró introducirle el puño, lo sacó de su interior con algo de brusquedad y contempló ahora las consecuencias de la “intromisión”. Soltó una risita y palmeó una de las nalgas de Sorrento.

–Mírate ahora, niño… Apuesto a que te debes estar recordando de tu cuentito del paciente y el psiquiatra.

Sorrento jadeó y exhaló un gemido, aún con la cabeza gacha contra el suelo. Estaba temblando y contrayéndose, preso aún de las sensaciones intensas que Kanon había impreso en su cuerpo.

De repente, Kanon le hizo dar media voltereta y Sorrento terminó cabeza abajo contra la pared, con las piernas apuntando hacia Kanon. De este modo, daba la impresión de que Sorrento hacía contorsionismos, ya que las nalgas quedaban directamente apuntando hacia arriba y la cabeza del joven abajo y justo entre sus rodillas. Kanon sonrió.

–Mantente en esa posición un rato más…–

Kanon regresó con una cámara y comenzó a tomarle fotos. Sorrento, aún aturdido, no caía en lo que Kanon hacía, hasta que este le ordenó “estirarse” el ya dilatado ano:

–Muestra a la cámara lo que te he hecho en el culo, niñato caliente…

–No, tú prometiste que no dirías a nadie nada si yo era tu esclavo… ¡lo prometiste!

– ¡Ábrete ese maldito culo antes de que imprima estas fotos y se las enseñe a Poseidón y a los demás ahora mismo!

Dándose cuenta que iba en serio, Sorrento se separó las nalgas, provocando con ello que su abertura luciera como un enorme cráter recién abierto. Mientras Kanon fotografiaba aquello con malsano placer, Sorrento sentía como su mente hacía “CRACK” y terminaba de resquebrajarse por completo.

–Esto se llama voyeurismo querido, y no me digas que no sabías porque ya te ví escribiendo eso en una de tus basuras pornos…

– ¿Qué…?

–Así es niño… un día disfruté mucho leyendo tus “historietitas” calientes… he de admitir que no lo esperaba mucho de ti, porque después de todo si que sabes engañar con esos ojos grandes e inocentes que tienes…

Sorrento se quedó helado… los dedos se le crisparon y no pudo seguirse abriendo. De repente se sintió mareado y pesado.

“No puede ser… ¿quiere decir que lo sabía de mucho antes…?”

Y quién sabe desde cuando…

–Yo inventé todo este cuentito del psiquiatra para divertirme un poco y terminar de desenmascararte…

Repentinamente Sorrento dejó de oír la voz de Kanon, como si lo fuesen envolviendo en un grueso cristal insonorizado. Entrecerró los ojos, que ahora eran brillosos, demasiado brillosos, mucho más de lo normal. Tuvo una sensación intensa de aislamiento general.

“Kanon sabía de mi… por eso me buscó como su presa… y ahora me tiene…”

Deberías ir a un psiquiatra, que mucha falta te hace…

“Fui al psiquiatra menos indicado…”

¿Te excitas con todo esa basura pornográfica que escribes? Eso indica que estás mal, niño, estás muy mal de la cabeza…

“Estoy mal y no me curas sino que me empeoras para tu placer…”

Eres un maldito enfermo, niño, mucho más de lo que imaginé aquel día que te ví matándote a pajas…

“Quizás los dos estamos enfermos…”

Mientras la mente del jovencito colisionaba furiosamente con la resonante voz de Kanon, el comandante ahora colocaba una filmadora frente a él. Sorrento lo miró con los ojos brillosos y los labios entreabiertos.

–Ahora di “soy una zorra enferma y calentona…”

Pasaron segundos interminables, segundos que parecían eternos, pero dentro de la cabeza de Sorrento, cientos de pensamientos pasaron fugaces.

“Me va a filmar diciendo eso…”

De repente, sólo pudo escuchar los latidos de su corazón y la voz imperativa de Kanon lejana y distante…

… Sólo existen tratamientos paliativos que “aminoran” el mal… pero nunca, nunca se te podrá curar…

“ ¡No tengo cura, no tengo escapatoria, no tengo esperanza de nada…!”

Deberás cargar con eso por el resto de tu vida, y lidiar con aquellos que sepan que lo tienes y lo aprovechen a su entero antojo…

–Soy… soy…

Kanon sonrió y enfocó el lente mejor sobre el rostro de Sorrento.

–Dilo… y muéstrale a la cámara lo que he hecho contigo…

–… soy… una… zorra… enferma…– balbuceaba Sorrento sin pensar, estirándose las nalgas para que la cámara captase todo –… enferma… y calentona…

–Muy bien, Sorrento… sabes que esto quedará grabadito para la posteridad… y me servirá de seguro por si un día pretendes “haberte curado” mágicamente…

El jovencito permaneció en silencio. Cerró los ojos y comenzó a temblar descontroladamente. Kanon colocó la filmadora en un trípode y se acercó a su victima, contemplando todo; sin previo aviso, introdujo bruscamente el puño en su interior y lo removió varias veces. Sorrento gemía de placer descontroladamente y Kanon respondía con gruñidos.

–Sí que lo eres… una zorrita enferma y ansiosa… me aprovecharé de tus trastornos para satisfacerme…

Sorrento respondió con gemidos algo estridentes y se sobó las nalgas, excitando así a su verdugo. No pudo resistirse más el dragón del mar, así que retiró el puño con la misma brusquedad y lo reemplazó con su pene, que ya dolía de pura excitación y aquella dilatada abertura sólo parecía llamarlo seductoramente. Su víctima soltó un alarido de placer.

–Si… si si… ¡AARGH! ¡Qué caliente estás condenada sardina!

Y así los dos marinas, a sus respectivas maneras, cedieron al insistente llamado del ‘ello’, de los instintos más bajos, ahí donde ya no pueden ser controlados con el simple pensamiento racional. Dejaron de lado sus disfraces y se mostraron tal cual eran: dos hombres enloquecidos por los instintos sexuales; evidentemente tenían modos diferentes de locura y modos diferentes de reaccionar ante ella: por un lado, Kanon aguardaba siempre el momento justo para aprovecharse de su víctima, escudriñando en sus flaquezas y secretos vulnerables. Por el contrario, Sorrento sólo buscaba una forma de curarse, cosa que no consiguió, y que probablemente no conseguirá porque su ‘depredador’ así lo decidió.

Sorrento seguía en aquella complicada posición acrobática, gimiendo desesperadamente con cada empujón brusco del cuerpo de Kanon; el comandante yacía semi-agachado, lo suficiente para tener mejor ángulo de penetración, y se ayudaba con la pared para poder mantener el equilibrio.

De repente, Kanon hizo uso de su fuerza brusca y cambió a Sorrento a otra posición, esta vez a gatas en el suelo. El dragón del mar usaba su peso para mantener a su víctima indefensa contra el piso, sin oportunidad de zafarse… lo cual no prometía darse, pues aquel jovencito de ojos fresas sólo tenía la mente concentrada en lo que Kanon le hacía, y en el placer derivado de todo eso.

Con ojos enloquecidos de placer, Kanon observó la piel lívida de Sorrento ahora brillar en la más pura transpiración; acercó su boca y con la lengua lamió todo el contorno de la espina dorsal y los omoplatos, disfrutando el salado sabor del instinto.

–Eres mío, niñato…–susurró con voz ronca al oído de Sorrento –mío para hacerte todo lo que quiera… te usaré y te aprovecharé todas las veces que quiera… serás mi más fiel esclavo…

–Si… tómame Kanon… soy tuyo…

… soy tuyo…

Aquello retumbó en los oídos de Kanon; los ojos se abrieron desmesuradamente y las irises verdes brillaron como jades pulidos. En ese momento la mente del comandante pareció hacer “CRACK” al igual que la de Sorrento. Dejó salir el aire entre dientes y luego soltó un gruñido fuerte; agarró la cabellera lila de Sorrento y la pegó contra el suelo, manteniéndola así mientras literalmente “golpeaba” las nalgas del joven Sirena sin parar y jadeando con dificultad.

… soy tuyo…

–Mío…–resollaba Kanon con dificultad –mío… sólo mío…

–Tuyo…

–Mío…

–No puedo escapar de ti…

–Ni lo harás…

–No quiero…

–Porque soy tu amo… y a mi lado tienes que quedarte… sin mi serás la nada pura…

Los dos marinas estaban declarándose uno al otro, aunque nunca en términos de amor, sino más bien en una relación de amo y esclavo.

Kanon tomó a Sorrento y lo acostó bocarriba, pero antes de seguir penetrándole, acercó su boca a la del jovencito y de un certero mordisco logró sacarle un hilo de sangre que corrió por la comisura de los labios. Al mismo tiempo, Kanon se sacaba sangre de igual manera y rápidamente unía sus labios a los de Sorrento, mezclándose la sangre de uno y otro en una suerte de pasional pacto de sangre.

–Cuando te separes de mi, te sentirás perdido y volverás a mi lado… y ni la muerte te librará de mi.

Sorrento miró a Kanon fijamente, con los ojos brillosos, llenos de curiosa devoción… luego echó la cabeza hacia atrás y voluntariamente alzó las caderas y abrió las piernas, como ofreciéndose al comandante. El joven Sirena ya no pensaba, ya que los últimos remanentes de cordura se fueron al caño gracias a los “choques” que Kanon le propinó a su ya frágil salud mental. Había cedido por completo a la satiriasis y a la dependencia de este hombre, sin importar sus motivos.

Un gesto vale más que mil palabras, pensó Kanon, observando la muda entrega de Sorrento, así que valoró el gesto por igual. Además, cuando miró en esos enormes fresones de ojos que tenía, vió la sumisión y entrega que tanto había deseado, así que sin pensarlo más se le abalanzó y lo penetró con más fuerza y usó su peso para mantenerlo contra el suelo y empujar en su interior que ya sentía mucho más cálido y acogedor. Aprisionó las manos de Sorrento y las mantuvo a ambos lados de su cabeza; de ese modo lograba controlar al jovencito y hacerle ver que tenía que rendirse a su amo.

Mientras mantenía las manos de Sorrento completamente dominadas, la boca de Kanon exploraba el cuerpo del joven; sus labios y dientes recorrían a dentellada cada recoveco, hasta que hallaron los pezones. Al sentir el contacto con esas partes blandas, el dragón marino no dudó en morderlos con fuerza y jalarlos, como si quisiera desprendérselos del pecho. Luego se centraba en la aureola, tomando porciones con los dientes y jalándola con igual brusquedad. Cuando estuvo satisfecho dejó los pezones y dejó salir un gruñido de placer, siempre fijando sus jades en los fresones de Sorrento.

“Me he vuelto loco… o Kanon me volvió loco… ¿qué mas da? Ya no voy a escapar… no tengo cura pero él será entonces mi “paliativo”…”

… Sólo existen tratamientos paliativos que “aminoran” el mal… pero nunca, nunca se te podrá curar…

“Entonces sé mi “paliativo” Kanon… sé que a la final me entiendes, y es porque estás tan enfermo como yo…”

De repente la sensación del orgasmo lo envolvió por completo y acabó abundantemente, salpicando a Kanon en el abdomen; había sido el clímax más violento que haya sentido en toda su vida. Las contracciones que había sentido en las ingles y la sensación de venirse sin siquiera tocarse eran absolutamente embriagantes: con ello Kanon le demostraba que podía saciar sus instintos imparables y reportarle un eventual descanso, aunque sólo fuese momentáneo.

Sin embargo el éxtasis aún no terminaba, porque Kanon gruñía de dicha al vaciarse en el interior de Sorrento; un torrente cálido de semen llenaba sus entrañas y regurgitaba luego hacia fuera, chorreando entre sus nalgas. El jovencito gimió ahogadamente ante tan inusitada -pero aún así fantaseada- sensación. Inmediatamente sintió a Kanon derrumbársele encima y jadeando como una enorme bestia cansada -lo que era, efectivamente-. Los dos permanecieron en silencio, intentando recuperar el aliento…

Durante esos minutos de sosiego, Sorrento reflexionó sobre lo ocurrido, aprovechando la momentánea lucidez gracias a que sus instintos dormían. Hace semanas había estado desesperado, debatiéndose entre el temor y la incertidumbre de estar o no estar enfermo; recordó la desesperación por hallar un preciado momento de paz, y los medios desesperados empleados sin éxito alguno… pero gracias a Kanon, para bien o para mal, y muy a pesar de sus métodos poco ortodoxos, finalmente pudo recobrar un poco de serenidad. Pensó en decírselo, pero algo indefinido selló sus labios… tal vez era temor, porque a juzgar su comportamiento, Kanon era muy poco dado a los sentimientos -por no decir nada-, además de que no habían sellado ningún pacto de amor, sino de tan sólo una relación donde Kanon siempre estaría por encima suyo, y donde el satisfacer el ‘ello’ era lo primordial. Sorrento resolvió encogerse de hombros y guardarse cualquier sentimiento que enturbiase su “paliativo”. Después de todo, hasta el momento no conocía una relación donde un “psiquiatra” se enamorase de su “paciente”.

Y si eso ocurría, ya sería otra historia que contar…

<p align="center">Fin</p>
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Onirique
Publicado: Vie Nov 23, 2007 1:29 am Responder citando
Seiya Obsesionado Seiya Obsesionado
Registrado: 06 Jul 2007 Mensajes: 127 Ubicación: Elysium fields Reputación: 44.7
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Debo deciros, Selene18, que la historia me ha impactado, dejando a mi sentidos encendidos. Me gustó la caracterización de los personajes, en especial ese excelente manejo del Lemon en vuestro fic, además de un buen uso del lenguaje. Mis felicitaciones. Espero leeros en el futuro ^^ .

Saludos.

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Mar que azota al mausoleo, pálida sed la del interfecto... apaga la vela, sentimiento gélido.
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selene18_Zuster
Publicado: Jue May 08, 2008 12:38 am Responder citando
Seiya Adicto Seiya Adicto
Registrado: 30 Jun 2007 Mensajes: 61

Muchas gracias Onirique :) me alegro que te haya gustado a pesar de lo fuerte y explicito...

Un beso chama, y mil perdones por la tardanza respondiendo!

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<p align="center">I'm not your bitch, don't hang your shit on me!

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